El día 27 de noviembre del año que acabamos de despedir, arrancó el festival de Lengua y Literatura, Acatlán saca la lengua, con la presentación de Ars Moriendi de Raymundo Ramos, profesor de la FES-A y gran poeta. Es un honor para éste haber nacido junto con el "Arte de morir", ya que ambos están fundados en la misma propuesta: estallar el arte y la literatura sin ningún otro fin que el de aprender de ellos, difundirlos y vivirlos. Raymundo Ramos, quien facilita sus libros a cambio de una cooperación voluntaria, exhortó al público presente -y próximo del Encuentro- a apoyar esta clase de eventos con el fin de que la literatura sobreviva -por ende, viva- a este mundo que cada vez se hace más estéril.
Acatlán saca la lengua comparte muchos de sus elementos constitutivos con Ars moriendi, entre ellos la irreverencia ante un mundo prefabricado, vacío y mediocre, y el dinamismo con que se ve la literatura. La literatura no tiene por qué ser lineal y tomar forma de instructivo de electrodoméstico, la literatura está viva y guarda en sí un sentir que representa la esencia de la vida, por ello la diversidad de formas, aunque el medio sea uno sólo: la lengua.
Otro de los rasgos que comparten las ideas de Ramos en Ars moriendi y la Lengua de Acatlán es que la juventud es quien debe persistir en las palabras del arte, aunque su origen sea milenario. Los alumnos de la FES-A fueron quienes presentaron el libro. Manos inexpertas, manos ingenuas, manos ilusiorias fueron las que tuvieron la fortuna de hablar sobre el invaluable Ars moriendi -que lo último que es, es ser inocente- y arrancar con ello un proyecto muy importante, que con "tiempo y cuidado irá forjandose como un gran movimiento" como bien dijo el maestro Ramos.
El siguiente texto fue el que pronunció Amelia Nava Flores en la presentación del libro. Su literariedad y poesía bien se asemejan a Ramos. Acatlán saca la lengua busca que todos los motivos, sean arte o no, puedan ser literatura:
Las muertas del autor
“La sal de la sabiduría
nos mueve a risa”
Max Aub
Mató a tantas “ellas” con la destreza del experto, a cada una en unas pocas líneas exquisitas…
El multihomicida Raymundo Ramos sigue el perfil de puntería certera de Max Aub. Ambos, con “esa capacidad de agresión, esa furia de los intolerantes, matizada por el humor y la ironía”.
Dice haber dado muerte con armas diversas y sin embargo, al final, es siempre la misma. La pluma es el instrumento con el que da vida y muerte a sus víctimas.
Los asesinatos de “ellas” suceden en cualquier parte del texto y del mundo: en lo concreto y lo universal. Los homicidios se dan cita desde “Summa Artis” hasta el apartado de los “No clasificados”. La furia de un intolerante sobre una y tantas intolerables se da a lo largo del texto por cualquier pretexto, ¿por qué? Porque la quería, porque no la quería, porque le frunció el coño apenas la miró o porque mascaba chicle mientras hacía el amor, “¿A quién extrañará? Se mata por lo mismo” diría Max Aub.
Se trata de crímenes diferentes pero iguales. Ramos las mató, a todas de forma distinta, digamos especial (de amor, de curiosidad, de risa…) no hay ninguna muerte repetida de acción ni circunstancia y sin embargo, sigue un patrón a la manera de un asesino serial, la forma escrituraria en que mata es una constante, no se desbordan en sangre ni tripas, se contiene en cada asesinato, disfruta dejar en la escena del crimen las pistas cuidadosamente colocadas, que casi siempre son: dos líneas de tinta y sangre, demostrando el trabajo de especialista y la actitud profesional.
“Estos humildes criminales (decía Aub endosando sus propios actos homicidas, y sé que lo mismo haría Raymundo Ramos) se explican sin saber siquiera cómo, pero no creo que den lástima”. Creo que tampoco dan lástima las víctimas, es más, se agradece su muerte pues, tras develada someramente su etopeya o prosopografía, entendemos no se perdió nada y se ganó la risa.
Mayela Véliz, coeditora del Arte de Morir, habla al público acerca de la importancia de Ars Moriendi como obra literaria, y de la importancia de la edición:
Ars Moriendi
“Ayer desperté en el sueño de otra mujer y el espacio era para una sola mente… Alguien tenía que desaparecer, pero una crea a la otra y… ustedes saben. Fue entonces cuando decidí deshacernos de aquel sueño para encontrarnos ahora en este, construido entre nosotros y ustedes…”
El perfil no agotado del crimen perfecto se nos impone al menos una vez al día, cuando nos sentimos impotentes ante una situación que no depende de nosotros y que, sin embargo nos afecta directamente; y aunque es difícil que logremos aterrizarlo –el crimen- a una realidad (esa de la que tanto se habla y puede llegar a parecernos cotidiana), hay quien se dedica a elevarlo a la otra (esa, a veces confundida con la imaginación) en la que todo se puede, e incluso, se debe. Ars Moriendi (o arte de morir) da vida a todas esas muertes que se han visto truncadas por alguna fuerza humana o sobrenatural, y en general a todas las que podrían haber sucedido cuando el sujeto actor tiene una falsa impresión sobre alguien, o exagera de alguna manera la naturaleza ridícula de las personas.
Se trata del protocolo perfecto para morir bien, es decir, por una suficiente y buena razón que difícilmente puede narrarse de otra forma que no sea con la minificción, viudita de corazón como le llama Raymundo Ramos, la más pequeña de todas, cuya estructura hace referencia al tema central de toda la olivera, ya que este buen motivo para matar a alguien, lo adquirimos de manera inmediata ante cualquier mínimo estímulo, como en el siguiente caso:
Nos encontramos después de 20 años y fuimos a beber de puro gusto tragos en la Giralda. Que si la prepa, que si el equipo de básquetbol, que si los concursos de oratoria. Añoranzas y vodkas.
¿Te acuerdas de la Cecilia?, sí hombre, aquella que le decíamos la Chichila, por las tetas monumentales (ji−ji−ji, se reía en ji).
¡Acuérdate!, la Madre Universal, porque amamantó a todo el grupo de Sociales. No hubo uno solo de nuestra generación al que no le diera el pecho. Algunos alcanzamos hasta pecho y espalda. No pude más, le hundí las suturas craneanas hasta las telarañas de las meninges con la botella de Oso Negro. No es que no fuera cierto lo que decía, pero bien pudo preguntar primero con quién me había casado.
Es evidente que cuando nos encontramos con una narración ejemplar como ésta, nos sentimos identificados y pensamos -¡Pues claro!-Y no es que nos haya pasado exactamente esto a nosotros, sino que sentimos que lo vivimos justo en el momento en que tenemos la experiencia en el contacto directo con el discurso.
Es esta irremediable imposición común a todos –o al menos a casi todos-, quizás el pretexto que Raymundo Ramos haya utilizado para cometer constantemente, al menos un crimen por ocasión meritoria; y la que, al final de cuentas, habría de reunir todos ellos en un librito que después dejaría en las terribles manos de una editora primeriza. ¿Coincidencia o mero espíritu suicida?
El autor conocía ya a la editora por el encuentro que maestro y alumno tienen en algunas cátedras y seminarios; el trato se extendió por la colaboración tras bambalinas en algunas publicaciones, coincidiendo poco a poco con lo que se convirtió en una buena amistad.
Así fue como comenzó la edición de Ars Moriendi, y de la serie de microrrelatos sobre la muerte que éste contiene, algunos ya escritos e incluso publicados, otros sólo manuscritos, otros apenas pensados, pero todos, con certeza, vividos en tanto que se leen y provocan cierto recuerdo; porque ni siquiera Nadie se exime de haber cometido alguno de estos crímenes, así tenga o no conocimiento de ello.
Ciertos textos que ya estaban publicados se obtuvieron de diarios mexicanos, de Alta infidelidad y los espejos cóncavos y de Simulacros y la mirada sesgada; sería ahora pertinente que fuera el lector quien reconociera cuáles son exactamente dichos textos; aunque no hacerlo, se convierte en una buena razón para que éstos se vivan “como si fuera la primera vez”, sin ninguna distracción editorial.
Con estos recursos, además de la incontenible necesidad creadora de Ramos, la selección inicial de textos resultó ser algo extensa, de manera que fue precisa una depuración en la que se consideraran ciertos parámetros para la organización final que constaría de seis apartados convertidos en siete: “Summa artis”,(la muerte del arte propio y ajeno) “Incendio amoris” (la muerte del amor no perfecto), “El jardín de Academus” (la muerte del intelecto), “Muerte sin Film” (la muerte de los efectos especiales), “Nosferatu y Cía” (la muerte de lo sobrenatural), “La aflicción de Grecia” (la muerte de los clásicos), y todos aquellos crímenes ejemplares, como los llamó Max Aub, que, o bien no encajaban en ninguna de las anteriores, o lo hacían en más de una; éstos los encontramos en “Sin clasificar”. A estos apartados se les asignó una imagen que los distinguiera entre sí (de Vanucchinni, Posada, Topor y Orozco) para la apertura y cierre a cada uno de ellos; incluyendo, para la portada de la obra, un dibujo que el propio autor hizo a partir de una pintura de Van Gogh.
Ya con la serie final de los microrrelatos y sus respectivas ilustraciones, fue necesario que se decidiera el formato del libro, que debía ajustarse a las necesidades, por un lado de la obra; y por otro, del lector, reinventor de la misma, quedando a media carta y con una letra mediana (además de un acertado espacio en blanco al final del texto impreso, dirigido al lector para que él mismo sea parte de la obra de una manera más evidente: escribiendo también en ella).
Sin embargo, formado el libro, no se dejaba concluir gracias a las revisiones que se seguían haciendo (los añadidos, las dudas y los eliminados) y a la serie de omisiones cometidas (tanto por la editora y su autor, como por el autor y su editora), en ese lapso de tiempo (a veces aminorado por quien esto escribe, a veces exagerado por quien nuestro libro escribió) hasta que se tomó la sana decisión de ponerle fin al proceso editorial. Así fue.
Aquel proceso terminó, pero no podemos evitar que, teniendo un ejemplar del Ars Moriendi impreso, se reconozcan los detalles a ser atendidos para mejorar la labor y la presencia de la obra final como motivo y hecho concluido; ya que, de otra manera podría ser no sólo aquél tipógrafo quien muera de una mala impresión… Sin embargo, no cabe queja alguna del resultado final, más que el mero aprendizaje de una grata experiencia con un gran escritor y amigo, a quien admiro, aprecio y respeto (aunque a veces él se asegure de dudarlo).
Sí, es cierto que el proceso aquél terminó, pero comienzan por un lado, el que necesariamente tiene que vivir toda obra que sale a la luz pública, cuando ya tiene vida y voz propia; y por otro, el que aparece tomando al Ars Moriendi como parte del pretexto para su existencia: Editores Gioconda o Gioconda Editores, como ustedes mejor lo prefieran; y no es que no importe el nombre, sino que es más importante lo que bajo el sello se está y se espera seguir haciendo.
Ars Moriendi ha despertado del sueño en que había despertado aquella vez, y no del romántico, en que se creaba y recreaba a sí mismo. Ahora está frente a nosotros, con afanes de hacernos y deshacernos en una mutua complicidad que presumiblemente no termina.
“Ayer desperté en el sueño de otra mujer y el espacio era para una sola mente… Alguien tenía que desaparecer, pero una crea a la otra y… ustedes saben. Fue entonces cuando decidí deshacernos de aquel sueño para encontrarnos ahora en este, construido entre nosotros y ustedes…”
El perfil no agotado del crimen perfecto se nos impone al menos una vez al día, cuando nos sentimos impotentes ante una situación que no depende de nosotros y que, sin embargo nos afecta directamente; y aunque es difícil que logremos aterrizarlo –el crimen- a una realidad (esa de la que tanto se habla y puede llegar a parecernos cotidiana), hay quien se dedica a elevarlo a la otra (esa, a veces confundida con la imaginación) en la que todo se puede, e incluso, se debe. Ars Moriendi (o arte de morir) da vida a todas esas muertes que se han visto truncadas por alguna fuerza humana o sobrenatural, y en general a todas las que podrían haber sucedido cuando el sujeto actor tiene una falsa impresión sobre alguien, o exagera de alguna manera la naturaleza ridícula de las personas.
Se trata del protocolo perfecto para morir bien, es decir, por una suficiente y buena razón que difícilmente puede narrarse de otra forma que no sea con la minificción, viudita de corazón como le llama Raymundo Ramos, la más pequeña de todas, cuya estructura hace referencia al tema central de toda la olivera, ya que este buen motivo para matar a alguien, lo adquirimos de manera inmediata ante cualquier mínimo estímulo, como en el siguiente caso:
Nos encontramos después de 20 años y fuimos a beber de puro gusto tragos en la Giralda. Que si la prepa, que si el equipo de básquetbol, que si los concursos de oratoria. Añoranzas y vodkas.
¿Te acuerdas de la Cecilia?, sí hombre, aquella que le decíamos la Chichila, por las tetas monumentales (ji−ji−ji, se reía en ji).
¡Acuérdate!, la Madre Universal, porque amamantó a todo el grupo de Sociales. No hubo uno solo de nuestra generación al que no le diera el pecho. Algunos alcanzamos hasta pecho y espalda. No pude más, le hundí las suturas craneanas hasta las telarañas de las meninges con la botella de Oso Negro. No es que no fuera cierto lo que decía, pero bien pudo preguntar primero con quién me había casado.
Es evidente que cuando nos encontramos con una narración ejemplar como ésta, nos sentimos identificados y pensamos -¡Pues claro!-Y no es que nos haya pasado exactamente esto a nosotros, sino que sentimos que lo vivimos justo en el momento en que tenemos la experiencia en el contacto directo con el discurso.
Es esta irremediable imposición común a todos –o al menos a casi todos-, quizás el pretexto que Raymundo Ramos haya utilizado para cometer constantemente, al menos un crimen por ocasión meritoria; y la que, al final de cuentas, habría de reunir todos ellos en un librito que después dejaría en las terribles manos de una editora primeriza. ¿Coincidencia o mero espíritu suicida?
El autor conocía ya a la editora por el encuentro que maestro y alumno tienen en algunas cátedras y seminarios; el trato se extendió por la colaboración tras bambalinas en algunas publicaciones, coincidiendo poco a poco con lo que se convirtió en una buena amistad.
Así fue como comenzó la edición de Ars Moriendi, y de la serie de microrrelatos sobre la muerte que éste contiene, algunos ya escritos e incluso publicados, otros sólo manuscritos, otros apenas pensados, pero todos, con certeza, vividos en tanto que se leen y provocan cierto recuerdo; porque ni siquiera Nadie se exime de haber cometido alguno de estos crímenes, así tenga o no conocimiento de ello.
Ciertos textos que ya estaban publicados se obtuvieron de diarios mexicanos, de Alta infidelidad y los espejos cóncavos y de Simulacros y la mirada sesgada; sería ahora pertinente que fuera el lector quien reconociera cuáles son exactamente dichos textos; aunque no hacerlo, se convierte en una buena razón para que éstos se vivan “como si fuera la primera vez”, sin ninguna distracción editorial.
Con estos recursos, además de la incontenible necesidad creadora de Ramos, la selección inicial de textos resultó ser algo extensa, de manera que fue precisa una depuración en la que se consideraran ciertos parámetros para la organización final que constaría de seis apartados convertidos en siete: “Summa artis”,(la muerte del arte propio y ajeno) “Incendio amoris” (la muerte del amor no perfecto), “El jardín de Academus” (la muerte del intelecto), “Muerte sin Film” (la muerte de los efectos especiales), “Nosferatu y Cía” (la muerte de lo sobrenatural), “La aflicción de Grecia” (la muerte de los clásicos), y todos aquellos crímenes ejemplares, como los llamó Max Aub, que, o bien no encajaban en ninguna de las anteriores, o lo hacían en más de una; éstos los encontramos en “Sin clasificar”. A estos apartados se les asignó una imagen que los distinguiera entre sí (de Vanucchinni, Posada, Topor y Orozco) para la apertura y cierre a cada uno de ellos; incluyendo, para la portada de la obra, un dibujo que el propio autor hizo a partir de una pintura de Van Gogh.
Ya con la serie final de los microrrelatos y sus respectivas ilustraciones, fue necesario que se decidiera el formato del libro, que debía ajustarse a las necesidades, por un lado de la obra; y por otro, del lector, reinventor de la misma, quedando a media carta y con una letra mediana (además de un acertado espacio en blanco al final del texto impreso, dirigido al lector para que él mismo sea parte de la obra de una manera más evidente: escribiendo también en ella).
Sin embargo, formado el libro, no se dejaba concluir gracias a las revisiones que se seguían haciendo (los añadidos, las dudas y los eliminados) y a la serie de omisiones cometidas (tanto por la editora y su autor, como por el autor y su editora), en ese lapso de tiempo (a veces aminorado por quien esto escribe, a veces exagerado por quien nuestro libro escribió) hasta que se tomó la sana decisión de ponerle fin al proceso editorial. Así fue.
Aquel proceso terminó, pero no podemos evitar que, teniendo un ejemplar del Ars Moriendi impreso, se reconozcan los detalles a ser atendidos para mejorar la labor y la presencia de la obra final como motivo y hecho concluido; ya que, de otra manera podría ser no sólo aquél tipógrafo quien muera de una mala impresión… Sin embargo, no cabe queja alguna del resultado final, más que el mero aprendizaje de una grata experiencia con un gran escritor y amigo, a quien admiro, aprecio y respeto (aunque a veces él se asegure de dudarlo).
Sí, es cierto que el proceso aquél terminó, pero comienzan por un lado, el que necesariamente tiene que vivir toda obra que sale a la luz pública, cuando ya tiene vida y voz propia; y por otro, el que aparece tomando al Ars Moriendi como parte del pretexto para su existencia: Editores Gioconda o Gioconda Editores, como ustedes mejor lo prefieran; y no es que no importe el nombre, sino que es más importante lo que bajo el sello se está y se espera seguir haciendo.
Ars Moriendi ha despertado del sueño en que había despertado aquella vez, y no del romántico, en que se creaba y recreaba a sí mismo. Ahora está frente a nosotros, con afanes de hacernos y deshacernos en una mutua complicidad que presumiblemente no termina.
Mayela E. Véliz Cantú
Por último, Erasmo López -redactor, investigador y amigo del maestro Ramos- presenta al público un interesante análisis de las obras que, además de ser un importante estudio crítico, es una explicación de las razones que Ars Moriendi da a los lectores para seguir creyendo en la literatura mexicana, ante un país que, en general, se muestra hostil ante la literatura:
Ars Moriendi
Primero que nada, quiero agradecer la grandiosa oportunidad que el Doctor Raymundo Ramos me ha ofrecido en esta ocasión, para venir a hablar ciertas reflexiones en torno a su nueva obra “Ars Moriendi”. Hablo de reflexión, porque el ejercicio de presentar una obra al mundo literario no puede ser otra cosa: hay que reflexionar la literatura; toda ella, la clásica, pero en especial, la literatura mexicana contemporánea.
Creo que nuestro deber, para los egresados y aquellos que egresarán, es un compromiso con esta literatura. Generar juicios en torno a las obras que en un futuro serán los clásicos. Desconozco la fortuna que una obra de infinita inteligencia como la del Doctor Raymundo Ramos pueda tener en otros tiempos. Pero nuestro compromiso fundamental es reconocer y validar estas obras en el presente, ya sea de escritores grandes o pequeños; que sin embargo son una manifestación legitima de nuestras letras.
Hace algunos meses corrí con la suerte de mirar un programa especial acerca del museo de L´ovre en Francia, transmitido por canal 22. En el había una meditación inusual alrededor de las obras de arte que se exponen en aquel recinto. Hablaban de un pintor barroco cuyo nombre no recuerdo: pero no piense querido compañero que estoy errando en mi discurso; la razón por la que no recuerdo a tal pintor es porque es uno de esos personajes que se encuentran dispersos, como tantos artistas hay en nuestro país, y que no gozan del privilegio de la fama. El pintor, del periodo barroco era algo medianón; no hablaban de un Rembrant o de otro pintor similar, hablaban de un artista que había dejado a lo mucho cerca de 6 cuadros importantes. Sin embargo, los amigos del museo de L´ovre tomaron la decisión de comprar una de sus pinturas perdidas en un templo pueblerino por cuatro millones de euros. El compromiso unánime de la fundación del museo era recuperar cualquier obra de un pintor francés a toda costa. La Antología “los otros Mil y un sonetos mexicanos” nacida de la inteligencia del doctor Ramos es un claro ejemplo de este ejercicio.
En nuestra política cultural esta ideología es casi imposible. Tenemos tantos artistas, y en especial poetas, que merecen cierto reconocimiento y que sin embargo yacen olvidados en los laberintos del elitismo cultural. Eso no es posible. Aquí, no tenemos que pagar ni siquiera algo de dinero o recursos para obtener la obra poética de muchos de estos autores, y sin embargo no se hace. He allí nuestra misión, la venta y consumo de la cultura, de toda la cultura, desde los poetas chicos hasta los grandes, es uno de nuestros grandes objetivos.
En este caso no hablamos de un autor menor ni mucho menos pobre. El doctor Raymundo Ramos posee una obra poética, cuentistica, ensayistica y de todas letras en general abundante. El dominio de la escritura y de la lengua por este gran escritor es irrefutable. A lo largo del tiempo que conozco su obra he escuchado juicios tan diversos en torno a él que sería una suerte de rareza que esta enorme obra no trascendiera. Pero, además lo prolijo y variado que resulta el caudal de su escritura tiene un don innegable que lo yergue más allá del reconocimiento que merece: es un verdadero maestro. Yo, su humilde pupilo afirmo frente a este grupo de amigos y alumnos del profesor la calidad de un hombre que le ha dedicado abundantes años a la docencia. Las primeras nociones reales de literatura que las generaciones de esta institución educativa obtienen son responsabilidad del profesor Raymundo Ramos. Y debo decirlo, tanta ha sido mi fortuna de haberlo tenido como maestro que uno de los mejores homenajes que le puedo dedicar es venir a presentarle su Ars moriendi
A lo que continuamos, esta otra reflexión va encaminada a explorar, las entrañas de la obra; tal como una necropsia, nos preparamos para oscultar el cadáver: de aquel que fue el texto. Creo observar, prescindiendo de la historia seria de la literatura, como los periodos que dividen a ésta nos han heredado una serie de tópicos, irrefutables a nuestra conciencia contemporánea. La Edad Media nos dejó el amor como lo conocemos; el Renacimiento al hombre (y a la mujer por extensión), como lo desconocemos; y el Barroco la conciencia del tiempo y la muerte, a la que quisiéramos desconocer. “El amor, las mujeres y al muerte” diría Shopenhauer como titulo de un libro: las mujeres, el amor y la muerte en orden de aparición nos dirá Raymundo Ramos. Sin embargo, detengámonos en este último periodo histórico, el barroco, para buscar en el cadáver las entrañas.
¿Por qué calificar Ars moriendi como neobarroco y no cómo un libro con características de otro periodo? Las razones son simples y múltiples. Hoy en día, ya lo ha dicho Eco, con respecto a la Edad Media, y muchos autores más con respecto al barroco, hemos retomado los valores más primigenios de la modernidad. Nada más con leer la crisis que el libro La Época del barroco de Antonio Maravall nos describe, es casi como leer un periódico actual: decrecimiento económico, violencia, corrupción política, instrumentación de un fe para satisfacer el horror vaquis que nos genera la vida, explotación, grupos privilegiados en torno al poder, toda una descripción de nuestra época.
Ante todo, el mismo Maravall nos explica el modo en que la muerte, la obsesión cadavérica, llego a formar parte del gusto en el periodo histórico. La búsqueda de una explicación del acelerado paso del tiempo generó en el hombre una curiosidad insaciable por la muerte. Los médicos integraban el grupo de intelectuales evolucionados, eran quienes mejor conocían este estado del hombre. La ciencia, la naturaleza, el paso inevitable de los días, todo se dirigía hacia la muerte: lo expresa el escritor en su obra: “El tiempo es la muerte; los relojes, su símbolo material. Tecnología ceñida a la muñeca como recuerdo circular de ese proceso lento que Bichat llamó “cronología de la muerte” no por nada el reloj como objeto de uso cotidiano es un invento del hombre del siglo xvii.
En efecto, Ars Moriendis se nos revela como una profunda reflexión sobre la muerte: a veces con el aforismo más tosco, otras veces con el humor más sofisticado, el negro; pero siempre con el inevitable y complejo sarcasmo que saca la sonrisa ladeada, nunca una franca e inocente expresión de los labios.
“Hombre soy, y nada en la muerte me es ajeno.”. La muerte vista desde los ojos afilados de Ramos, no es esa interpretación burda y desprestigiada que Octavio Paz nos heredara en el Laberinto de la soledad, cuando describía a los mexicanos como entes necrológicos, nada más lejano a esto. Ramos observa la mentira bosquejada en este argumento: no festeja a la muerte, no se burla de ella; en efecto se burla, pero de la estupidez del hombre para concebirla, y porque no decirlo, nada menos serio que la idea de la muerte, para construir una serie de ficciones que la encumbran al grado de género aparte de la narrativa.
Hay que resaltar, por supuesto, la obvia calidad de las minificciones que el maestro nos ofrece. Desde aquella lección, de la que seguramente es conciente, y que nos dejo Augusto Monterroso con su Oveja Negra y otros cuentos, Ramos apela a la intervención de un recurso inagotable de la imaginación universal: el crimen. Frente a nosotros se encuentra varias veces un sujeto elidido, enorme, un juez omnipresente que le pregunta: ¿Cuál fue el movil de su asesinato? a lo que agudamente el narrador responde: “La maté porque sí y porque no. Porque sí me engañaba y porque no me quería.”.
De hecho, la anterior afirmación nos lleva a otro asunto, del que quiero platicarles un poco antes. Durante las clases de literatura que el maestro da sin límite alguno, en efecto, las da en el pasillo, las da en el salón de clases y no es que le sepa algo, pero el maestro las da en donde sea... siempre explica con mucha claridad que el texto es huerfano. Y lo es porque pierde al padre que lo procrea en el momento en que se vuelve texto. En la interpretación del mismo siempre debemos dejar afuera al autor, podemos tomar en cuenta su contexto, más el pretexto, debe quedar fuera de todo principio de explicación. De tal suerte Ars moriendi no es exactamente un catalogo dónde leer el pensamiento del Doctor Ramos. Sí, su producción de una estética. Y así, continuó, en el texto los lectores nos vamos a topar con manifestaciones del más puro rencor masculino: “Lo dicho, dicho está, y lo hecho, también. Le dije que la mataría y la maté. ¡Oh!, Si aquella noche hubiera salido conmigo en lugar de con aquel que se la estaba padroteando” u otra “Mi mujer me mataba todos los días a disgustos. Yo sólo la maté una sola vez”.
Juzgar de algún modo estás expresiones como machistas sería un error tan garrafal como decir que cada poeta que mató a un personaje en una novela era un asesino. No hay tal cosa. Sin embargo, hay aquí una buena demostración de alegres silogismos, silogismos del humor que son los más difíciles de escribir. Pero más que eso hay un tono de burla y de sarcasmo en cada aseveración. ¿Qué asesino confeso se atrevería a decir frente a algún juez la descabellada sentencia: La maté porque hablaba mal de mí, y me consta que todo lo que decía era verdad? Ramos escribe para no tener que decirlo, o lo dice, porque es una construcción real, legitima de lo que la imaginación y la ficción nos dan permiso de decir.
A todo esto, Raymundo Ramos se da la libertad, intransferible, de regalarnos profundas reflexiones, dignas de algún calendario, digo, para recordarnos a la muerte. El proceso poético de algunas de las sentencias nos mete en un devenir de pensamientos, todos ellos por supuesto filosos y agudos: “La especie humana es la única que sabe que la muerte es una enfermedad hereditaria. Esta no es una traducción del texto de Voltaire sino un pensamiento afín”.
Por último quisiera hacer un reconocimiento, al profesor y a todo aquel que se dedica a la creación. Nada más difícil que la virtud de generar un texto estético de cualquier magnitud o género. Cuando uno se sienta frente al tópico de la página en blanco sufre un vacio, se mete en dudas en desencantos, en cabilaciones, y la vida cobra un sentido único, más allá del bien o del mal: reiteremos nuestro compromiso único, no frente a la sociedad, frente a la ética o la virtud, reiteremos a la humanidad esa memoria de la reflexión literaria, porque: “Sólo el olvido es una muerte en sepia”.
Creo que nuestro deber, para los egresados y aquellos que egresarán, es un compromiso con esta literatura. Generar juicios en torno a las obras que en un futuro serán los clásicos. Desconozco la fortuna que una obra de infinita inteligencia como la del Doctor Raymundo Ramos pueda tener en otros tiempos. Pero nuestro compromiso fundamental es reconocer y validar estas obras en el presente, ya sea de escritores grandes o pequeños; que sin embargo son una manifestación legitima de nuestras letras.
Hace algunos meses corrí con la suerte de mirar un programa especial acerca del museo de L´ovre en Francia, transmitido por canal 22. En el había una meditación inusual alrededor de las obras de arte que se exponen en aquel recinto. Hablaban de un pintor barroco cuyo nombre no recuerdo: pero no piense querido compañero que estoy errando en mi discurso; la razón por la que no recuerdo a tal pintor es porque es uno de esos personajes que se encuentran dispersos, como tantos artistas hay en nuestro país, y que no gozan del privilegio de la fama. El pintor, del periodo barroco era algo medianón; no hablaban de un Rembrant o de otro pintor similar, hablaban de un artista que había dejado a lo mucho cerca de 6 cuadros importantes. Sin embargo, los amigos del museo de L´ovre tomaron la decisión de comprar una de sus pinturas perdidas en un templo pueblerino por cuatro millones de euros. El compromiso unánime de la fundación del museo era recuperar cualquier obra de un pintor francés a toda costa. La Antología “los otros Mil y un sonetos mexicanos” nacida de la inteligencia del doctor Ramos es un claro ejemplo de este ejercicio.
En nuestra política cultural esta ideología es casi imposible. Tenemos tantos artistas, y en especial poetas, que merecen cierto reconocimiento y que sin embargo yacen olvidados en los laberintos del elitismo cultural. Eso no es posible. Aquí, no tenemos que pagar ni siquiera algo de dinero o recursos para obtener la obra poética de muchos de estos autores, y sin embargo no se hace. He allí nuestra misión, la venta y consumo de la cultura, de toda la cultura, desde los poetas chicos hasta los grandes, es uno de nuestros grandes objetivos.
En este caso no hablamos de un autor menor ni mucho menos pobre. El doctor Raymundo Ramos posee una obra poética, cuentistica, ensayistica y de todas letras en general abundante. El dominio de la escritura y de la lengua por este gran escritor es irrefutable. A lo largo del tiempo que conozco su obra he escuchado juicios tan diversos en torno a él que sería una suerte de rareza que esta enorme obra no trascendiera. Pero, además lo prolijo y variado que resulta el caudal de su escritura tiene un don innegable que lo yergue más allá del reconocimiento que merece: es un verdadero maestro. Yo, su humilde pupilo afirmo frente a este grupo de amigos y alumnos del profesor la calidad de un hombre que le ha dedicado abundantes años a la docencia. Las primeras nociones reales de literatura que las generaciones de esta institución educativa obtienen son responsabilidad del profesor Raymundo Ramos. Y debo decirlo, tanta ha sido mi fortuna de haberlo tenido como maestro que uno de los mejores homenajes que le puedo dedicar es venir a presentarle su Ars moriendi
A lo que continuamos, esta otra reflexión va encaminada a explorar, las entrañas de la obra; tal como una necropsia, nos preparamos para oscultar el cadáver: de aquel que fue el texto. Creo observar, prescindiendo de la historia seria de la literatura, como los periodos que dividen a ésta nos han heredado una serie de tópicos, irrefutables a nuestra conciencia contemporánea. La Edad Media nos dejó el amor como lo conocemos; el Renacimiento al hombre (y a la mujer por extensión), como lo desconocemos; y el Barroco la conciencia del tiempo y la muerte, a la que quisiéramos desconocer. “El amor, las mujeres y al muerte” diría Shopenhauer como titulo de un libro: las mujeres, el amor y la muerte en orden de aparición nos dirá Raymundo Ramos. Sin embargo, detengámonos en este último periodo histórico, el barroco, para buscar en el cadáver las entrañas.
¿Por qué calificar Ars moriendi como neobarroco y no cómo un libro con características de otro periodo? Las razones son simples y múltiples. Hoy en día, ya lo ha dicho Eco, con respecto a la Edad Media, y muchos autores más con respecto al barroco, hemos retomado los valores más primigenios de la modernidad. Nada más con leer la crisis que el libro La Época del barroco de Antonio Maravall nos describe, es casi como leer un periódico actual: decrecimiento económico, violencia, corrupción política, instrumentación de un fe para satisfacer el horror vaquis que nos genera la vida, explotación, grupos privilegiados en torno al poder, toda una descripción de nuestra época.
Ante todo, el mismo Maravall nos explica el modo en que la muerte, la obsesión cadavérica, llego a formar parte del gusto en el periodo histórico. La búsqueda de una explicación del acelerado paso del tiempo generó en el hombre una curiosidad insaciable por la muerte. Los médicos integraban el grupo de intelectuales evolucionados, eran quienes mejor conocían este estado del hombre. La ciencia, la naturaleza, el paso inevitable de los días, todo se dirigía hacia la muerte: lo expresa el escritor en su obra: “El tiempo es la muerte; los relojes, su símbolo material. Tecnología ceñida a la muñeca como recuerdo circular de ese proceso lento que Bichat llamó “cronología de la muerte” no por nada el reloj como objeto de uso cotidiano es un invento del hombre del siglo xvii.
En efecto, Ars Moriendis se nos revela como una profunda reflexión sobre la muerte: a veces con el aforismo más tosco, otras veces con el humor más sofisticado, el negro; pero siempre con el inevitable y complejo sarcasmo que saca la sonrisa ladeada, nunca una franca e inocente expresión de los labios.
“Hombre soy, y nada en la muerte me es ajeno.”. La muerte vista desde los ojos afilados de Ramos, no es esa interpretación burda y desprestigiada que Octavio Paz nos heredara en el Laberinto de la soledad, cuando describía a los mexicanos como entes necrológicos, nada más lejano a esto. Ramos observa la mentira bosquejada en este argumento: no festeja a la muerte, no se burla de ella; en efecto se burla, pero de la estupidez del hombre para concebirla, y porque no decirlo, nada menos serio que la idea de la muerte, para construir una serie de ficciones que la encumbran al grado de género aparte de la narrativa.
Hay que resaltar, por supuesto, la obvia calidad de las minificciones que el maestro nos ofrece. Desde aquella lección, de la que seguramente es conciente, y que nos dejo Augusto Monterroso con su Oveja Negra y otros cuentos, Ramos apela a la intervención de un recurso inagotable de la imaginación universal: el crimen. Frente a nosotros se encuentra varias veces un sujeto elidido, enorme, un juez omnipresente que le pregunta: ¿Cuál fue el movil de su asesinato? a lo que agudamente el narrador responde: “La maté porque sí y porque no. Porque sí me engañaba y porque no me quería.”.
De hecho, la anterior afirmación nos lleva a otro asunto, del que quiero platicarles un poco antes. Durante las clases de literatura que el maestro da sin límite alguno, en efecto, las da en el pasillo, las da en el salón de clases y no es que le sepa algo, pero el maestro las da en donde sea... siempre explica con mucha claridad que el texto es huerfano. Y lo es porque pierde al padre que lo procrea en el momento en que se vuelve texto. En la interpretación del mismo siempre debemos dejar afuera al autor, podemos tomar en cuenta su contexto, más el pretexto, debe quedar fuera de todo principio de explicación. De tal suerte Ars moriendi no es exactamente un catalogo dónde leer el pensamiento del Doctor Ramos. Sí, su producción de una estética. Y así, continuó, en el texto los lectores nos vamos a topar con manifestaciones del más puro rencor masculino: “Lo dicho, dicho está, y lo hecho, también. Le dije que la mataría y la maté. ¡Oh!, Si aquella noche hubiera salido conmigo en lugar de con aquel que se la estaba padroteando” u otra “Mi mujer me mataba todos los días a disgustos. Yo sólo la maté una sola vez”.
Juzgar de algún modo estás expresiones como machistas sería un error tan garrafal como decir que cada poeta que mató a un personaje en una novela era un asesino. No hay tal cosa. Sin embargo, hay aquí una buena demostración de alegres silogismos, silogismos del humor que son los más difíciles de escribir. Pero más que eso hay un tono de burla y de sarcasmo en cada aseveración. ¿Qué asesino confeso se atrevería a decir frente a algún juez la descabellada sentencia: La maté porque hablaba mal de mí, y me consta que todo lo que decía era verdad? Ramos escribe para no tener que decirlo, o lo dice, porque es una construcción real, legitima de lo que la imaginación y la ficción nos dan permiso de decir.
A todo esto, Raymundo Ramos se da la libertad, intransferible, de regalarnos profundas reflexiones, dignas de algún calendario, digo, para recordarnos a la muerte. El proceso poético de algunas de las sentencias nos mete en un devenir de pensamientos, todos ellos por supuesto filosos y agudos: “La especie humana es la única que sabe que la muerte es una enfermedad hereditaria. Esta no es una traducción del texto de Voltaire sino un pensamiento afín”.
Por último quisiera hacer un reconocimiento, al profesor y a todo aquel que se dedica a la creación. Nada más difícil que la virtud de generar un texto estético de cualquier magnitud o género. Cuando uno se sienta frente al tópico de la página en blanco sufre un vacio, se mete en dudas en desencantos, en cabilaciones, y la vida cobra un sentido único, más allá del bien o del mal: reiteremos nuestro compromiso único, no frente a la sociedad, frente a la ética o la virtud, reiteremos a la humanidad esa memoria de la reflexión literaria, porque: “Sólo el olvido es una muerte en sepia”.
Erasmo López

1 comentario:
Hey!
Que gusto que seas tan persistente con tus proyectos. yo, ya sabes: me comen las inseguridades y ya ni hago nada jajaja, espero meter un par de cositas antes de que se cierre la convocatoria: prórroga!
Saludos
LIA :)
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